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Los desvarios del momento actual

 “En tiempos de engaño universal, decir la verdad se convierte en un acto revolucionario”.
George Orwell

Estamos en un momento crucial en la vida política de España. Nadie es ajeno a ello.

La gestión de los últimos acontecimientos por parte de un gobierno, del que muchos nos preguntamos todavía como ha llegado a constituirse, nos plantea unas preguntas cuyas respuestas podrían servir para promover un cambio institucional tan necesario como urgente. Un presidente casi ilegítimo que había salido por la puerta de atrás de su propio partido unos meses antes, y que pacta con aquel al que había negado varias veces, institucionaliza la mentira como arma, para llegar al gobierno convirtiéndola en base constituyente del actual.

La falta a la verdad y los hechos reales, acontecidos y no inventados por medios de comunicación al servicio del poder, han convertido a la democracia española en un auténtico ejemplo de manipulación y dominación política.

Muchos nos preguntamos ¿cómo el momento histórico en que vivimos, en el que hay  más información, de manera más asequible para todos, es también un momento en que la desinformación y la manipulación de la misma está más instaurada que nunca?

Precisamente  esto es posible por los avances tecnológicos al servicio  de la información, es decir, desde el nacimiento y proliferación de las redes sociales. Esta nueva forma de comunicación  ha traído de forma paralela un cambio en el concepto de información que teníamos antes de su explosión.

Está demostrado que el ser humano, debido  al sesgo cognitivo, es reacio a toda información que vaya en contra de sus convicciones o ideas preestablecidas.  Las redes, al publicar sin control todo tipo de noticias falsas de forma intencionada (fakenews), han posibilitado que se encuentre toda la información necesaria para seguir afirmando y afianzándose en las falsas creencias. Son el banco ideal donde seguir consolidando y justificando, canalizando las ideas mediante la manipulación.  Este exceso de información en la mentira hace que, el ciudadano que está emocionalmente asentado en una ideología o partido, siga más aferrado a esas ideas, matando el espíritu crítico, y justificándose bajo el disfraz de la “amplitud de miras” y la defensa de la imparcialidad.  Pero la realidad muestra que no se puede ser imparcial siempre y, que actuar, no significa tener que tomar partido por un bando u otro si la aspiración es el bien y la verdad.

La manipulación a lo largo de la Historia ha sido, y sigue siendo, el arte de los poderosos, muchas veces por imposición, y otras conseguida gracias a la habilidad en esconder la realidad, y el exceso actual de noticias contradictorias es el escondite ideal para quien no quiere pensar.

Pero ¿por qué es tan difícil para los seres que conforman una sociedad distinguir la verdad de la mentira? La trayectoria es sencilla se ha sustituido la verdad contrastada por la oficial interesada, y, por desgracia, son muchos los ciudadanos que ante temas sensibles o de especial controversia no son capaces de hacer un análisis objetivo desde varias perspectivas para alcanzar su propia conclusión, unas veces porque es más sencilla la adhesión y otra porque siguen a ciegas cualquier cuestión en la que prime su idelogía.

Esa postura quitaba valor a la verdad, que se convertía en que cada uno tiene su verdad. Y en base a ello se ha legislado y gobernado.

Una verdad a gusto del consumidor e imposible de cuestionar porque el mensaje ha ido socavando la veracidad de los hechos,  dando a las opiniones, puesto que no eran constatables, la misma validez que los acontecimientos, reales y de posible comprobación. Al situarlos en el mismo plano, no se cuestionan. Este ha sido por ejemplo el éxito de la ideología de género.

Entre una dosis de falso respeto y otra de comodidad, se han perdido las ganas de buscar la excelencia, está casi mal visto, como lo demuestran muchos cargos del gobierno actual.  De ahí el perfil de muchos de los políticos de los últimos tiempos, sin formación ni experiencia, que tienen en su mano el poder de legislar, ejecutar, manipular, gobernar, seguir copando de amigos y apoyos ideológicos todos los puestos de gobierno y discriminar, ante los ojos impasibles de una sociedad adormecida, que no se cuestiona si es moral o no.

Legal es, puesto que han aprobado dichas leyes por los medios constitucionalmente previstos para ello, aunque dejen de ser lícitas o moralmente aceptables, por  el fin que pretenden. Estamos actualmente es ese escenario. ¿Es éticamente y moralmente aceptable la actual forma de gobierno? Parece que ha llegado un punto que no, cuando el bienestar del ciudadano deja de ser objetivo y los que pueden buscarlo dejan de hacerlo y lo supeditan a su beneficio particular.

La Historia contemporánea de España quedará marcada por una pasividad y comodidad de los políticos, que se pasaban el gobierno de una mano a otra en un compromiso tácito de no promover grandes cambios para poder seguir manteniendo su estatus cuando les tocara. El miedo a hablar claro por no enfrentar la verdad a la mentira, en una batalla ganada por la parcialidad y las opiniones, ha traído la ausencia de liderazgo político real, ya que nadie está convencido de lo que defiende. Unas veces por miedo y otras porque lo que defiende es solo una argucia para conseguir el poder.

Según resultados de experimentos sociales (Dunning-Kruger), la mayor inflación de las propias capacidades proviene precisamente de los que peor lo han hecho.  De igual forma, las personas, y al final votantes, más manipulables, son los que no distinguen entre lo verdadero y lo falso, entre la verdad y la mentira, y para ellos las noticias de las redes sociales son un banco de ideas de autojustificación. Este resultado se puede aplicar también a gobernados y a cooperadores necesarios.

Muchos ciudadanos llevamos años votando con la nariz tapada, y nos gustaría imaginar que sin distinción de ideología. Sin embargo, en éste “todo vale” siempre ha habido el que ha sabido aprovechar de manera más lucrativa, en el amplio sentido de la palabra,  la determinación de “lo que vale”.

En nuestro momento actual podemos ver cómo el poder permite controlar la verdad, sea el poder político o de los medios de comunicación, y el que se rebela ante una idea, en base a datos o hechos reales, automáticamente es tachado de fascista. Esta palabra bloquea automáticamente el cerebro del oyente general y mina cualquier intención de investigar o cuestionar la realidad propuesta.

Mientras estemos enfrentados, otros se aprovechan de ello, legislando sin control, y actuando en beneficio de sus propios intereses. Como todo vale, aceptan sin reservas lo que antes no era válido, y sin cuestionamientos.

Los medios de comunicación también han caído en esa traición a la verdad y han sido colaboradores activos y necesarios, unas veces con la intención de mantener su cuota en la competencia de la vorágine que han traído las redes sociales, otras por sucumbir a la aireada independencia y falsa objetividad, correctamente política y muchas, como no, por dinero, la más antigua de las ambiciones.

Todos, políticos y medios de comunicación, y los ideólogos que los dirigen y tienen el verdadero poder, son responsables de la manipulación de ideas y por tantos de los actos que estas provocan. Porque todo tiene consecuencias.

Desde CIVyD CIVISMO Y DEMOCRACIA, como sociedad activa, creemos que se puede buscar el bien de la sociedad, y hay que provocar el cambio social necesario para ello. Pedimos responsabilidades a los políticos que han traicionado lo que debería ser su verdadera vocación de servicio a la comunidad (aunque muchos nunca la han tenido) y apelamos a los que tengan esa inquietud y en este momento tengan en sus manos ser promotores del cambio urgente que España necesita. Pedimos a los medios de comunicación que no se desvíen de su vocación de informar en la verdad de los hechos y no renuncien a buscarla.

 

Pilar Castañón
Economista y Miembro de la Junta Directiva de CIvyD

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